Prólogo

 

Quebranto
Antonio Lorente
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    El libro que tiene el lector en sus manos es tan sólo el trazo que resta de la historia que en él se ofrece. Porque, para su autor, la escritura es una impostura que desplaza el objeto, de manera que la palabra vela lo sentido, lo vivido, ese temblor. Y es una historia de amor, por cierto, inconclusa, truncada, destructora, hiriente..., la que origina el quebranto de su protagonista, una poderosa voz llena de sinuosidades que nos conduce por los pliegues de estancias interiores para desembocar, tras varios intentos de sutura, en una aparente rendición (¡ah, la impostura!).

 

 


    Cada uno de los siete apartados o capítulos de esta historia, encabezados por fotografías de Juan Reyes Clemente, de sugerente simbolismo, encierra variados e intensos momentos, pero cabe intentar un acercamiento a la intención que se desprende de cada uno de ellos. Así, "Temblor de la memoria" recupera vehemencias de la relación vivida con ella -...ahora que ya los "cables" están cortados...- y, pese a tratarse de un conjunto de recuerdos, cobran autenticidad tanto las renuncias y heridas como los más de doscientos apuntes que, telegráficamente, la retratan con la más sabrosa de las ternuras.

    "Lo que vela la palabra" son nuevos deseos de rasguear la historia común en la que existió la dicha pero que acabó un día. La escritura se convierte en huella inútil que no consigue rescatar esos momentos, mientras llega la irremediable ruptura -la soledad del balcón-.

    La voz se hace más capaz en "El final de la tormenta" -...el paisaje borroso tras los húmedos cristales...- para manifestarnos la dicha pasada, la espera que vivifica o la luz inesperada junto a la derrota de la vida vieja, la tormenta que desata la soledad y el frío presentido que desemboca en una obsesiva "Nota bajo la tapa del piano" para marcar la incomprensión, los silencios y la distancia de los amantes.

    Con igual intensidad que los anteriores llegan los poemas de "Las horas largas", territorios del insomnio para el que ha perdido el viejo goce definitivamente y, pese a instantes que traen sus ojos, sólo queda la desesperanza, Quevedo y Cernuda rondan, un corazón que late marcando el paso del tiempo sin futuro -...la espera tras las ventanas veladas...- de un ser que se acaba; que ha muerto, arrollado, en el amor.

    Y el hombre queda roto y su "Rotura" o quebranto -...suave descenso de dunas al mar...- se muestra en las paradojas, en el vacío, el peso para volver al viaje, las palabras que juegan a definir la tragedia (consumarme, consumirme), el futuro incierto, la huida del tiempo... una mentira, un escondite devastado, una trinchera inútil. En los "Fragmentos" que restan, se acumulan mares, velas, olvidos, huellas tenues, miradas, soledades, deseos..., trozos de cuerpo en dispersión tras la rotura -...escombros de casas devastadas...- que pugnan, finalmente, por asirse a los fragmentos de otros para no destruirse del todo.

    Los poemas de "Y en contemplar se fue la vida" recapitulan, desnudando, la historia de derrotas vividas, la amargura del amor como poso y el derrumbe de la propia vida que ya no aspira a vivir, tan sólo a contemplar, si acaso, a escribir sobre aquel temblor...

*

    La escritura de Antonio Lorente, como su persona, cautiva con prontitud al que se acerca a ella porque sus formas, tan variadas como hábiles y originales, encierran pasiones verdaderas. Si he de resaltar algo de su escritura es el experto manejo del lenguaje que demuestra: exactitud, sin retórica alguna, tras la imagen que capta todo lo necesario que exige el momento disfrutad de sus intencionadas metáforas, comparaciones, repeticiones, juegos lingüísticos, antítesis, paranomasias, calambures..., a menudo un lenguaje que se persigue a sí mismo en búsqueda de la verdad expresiva del pensamiento, de la reflexión. Y, a la vez, el propio escepticismo con la palabra, tan imprecisa aún para conducir al otro lo sentido, lo vivido. Pero, en esto, Antonio Lorente quizá se equivoque, porque olvida al lector, al buen lector que rehace todo un mundo, y lo completa, a partir de la palabra.

    El autor de este libro está en sus páginas. Profesor y amante de las lenguas clásicas: griego, latín; modernas: griego, francés, italiano, inglés..., ningún arte le es ajeno: ni el teatro, ni el arte de recitar, ni el cine, ni la fotografía, ni la música o, últimamente, la pintura, aparte la literatura voraz lector con admirable capacidad de asimilación para la que yo me temo que vive.

    Sus poemas "el dolor que escribo" lo definen en lo más íntimo: un cuerpo ajeno que no se encuentra en los retratos en -...la foto de lo mío falto yo...- , la quevedesca amargura del amor, los acabados lugares remotos de Cernuda, las voces, los otros de Pessoa, las preguntas ¿las respuestas? délficas... la propia contemplación de la rotura, del quebranto. Con palabras de nuestro Andrés Illán, un rostro con "la cicatriz en la sonrisa".

Mayo de 2003
Mariano Moreno Requena


Antonio Lorente Solano (2003)
Quebranto

Aladeriva Producciones Culturales, Murcia


Juamba 2004
Alfil.net
Actualizada: 12/05/2006 16:36
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