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Fiestas de Corvera 2004Pregónleído el 1 de Octubre de 2004 por Antonio Lorente Solano
Buenas noches Corvera. Alcaldesa. Comisión. Paisanos. Felices fiestas.
Cuando hace ahora tres meses largos, sonó el teléfono a media tarde en mi casa y la voz tímida de mi sobrina María Dolores me preguntó si querría hacer el pregón de estas fiestas, como quien teme que la respuesta será no, se me abrieron las carnes. Dudé unos minutos, es cierto. El pregón de mi pueblo, yo, ¿y qué iba a decir yo a mi pueblo, en el pregón de mi pueblo, que mi pueblo no supiera? En fin, algo les diría, no podía ser tan difícil. Ahora tenía tiempo, no como aquel año en que Dolorcitas, la grandiosa Pepa la Trueno de mi 8º de EGB, me lo pidió unos días antes y me vinieron todos los miedos, todos los temblores, y no pude más, con todo el dolor de quien ve alejarse una ocasión perdida que quizás no volverá, que decir que no. Espero que Dolorcitas me lo haya perdonado y que Pepa la Trueno siga tronando, desde la sierra de aquellas aulas compartidas, en los escenarios de Corvera. Seguro que sí.
Pero aquí tenía de nuevo, como un milagro contra el destino, una segunda oportunidad, y no podía dejarla escapar. Así que cogí el teléfono, marqué el 380 de mi sobrina (olvidado casi, ya, el Barcelona, dame menutos, de nuestra infancia, Corvera toda es, ahora, un 380), y le dije que sí, que contara conmigo. Y aquí estoy.
Pero la cosa no ha sido tan fácil. El pregón de las fiestas de Corvera, sí, pero ¿de qué Corvera? He vivido, hemos vivido tantas Corveras, que pararla en el tiempo, fecharla, decir "ésta es", se me antoja un delito. Decía Heráclito, un griego de hace 27 siglos, que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque ni las aguas de ese río son las mismas ni nosotros tampoco. De igual modo, tampoco nosotros podemos bañarnos dos veces en esa quimera, en ese sueño que nombramos Corvera, por mucha piscina municipal que tenga ahora, porque distintos somos cada día, aunque igual nos sigamos llamando, y a la piscina, digo yo, también alguna vez le cambiarán las aguas.
¿Cuántas Corveras? ¡Cuántas Corveras! Pongamos, como mínimo, una por cada uno de los cinco cuervos de su escudo, y nos quedaremos cortos. Más, muchas más.
Hubo un tiempo en que Corvera fue una metrópoli, la gran ciudad, la ciudad de la luz, de la luz eléctrica, y aquello, qué pronto olvidamos, fue noticia. A un kilómetro de aquí, desde las Casas del Gallo, donde nos nacieron a mis hermanos y a mí, a los hijos del talabartero, y a Josefina, la alcaldesa, allí al lao, un camino de piedras, al que ahora llaman carretera de Los Martínez, nos traía los domingos por la tarde, andando, hasta el quiosco del tío Persianas, con nuestro pantalonico corto y bien peinaos, a por chambis y tramusos, y a quedarme pasmao, con otros zagales sin nombre aún, delante de las golosinas, los colorines de los tebeos y las revistas y los indios y los pistoleros, a punto de disparar. Antes de que anocheciera, poco a poco, sudoroso, hecho un cromo, despeinao ya, y cogío de la mano, siempre cogío de la mano, me devolvían a la casa. Encendían el candil y el quinque, vaso de leche y a la cama. Para aquel niño de 4 años toda distancia medible tenía un kilómetro y Corvera entera cabía en el quiosco del tío Persianas.
Una tarde el camión de Segundo Costa asomó por la vertientede las Casas del Gallo y se llenó de camas, sillas, sábanas, cobertores y otros mercachifles, pero ni al camión mi padre no echó ni un candil. Ni un quinque. ¡Qué raro! ¡De noche, y ni un quinque! Y oscuro ya, pero bien oscuro, nos plantamos en Corvera para no arrancarnos ya más, aunque queramos. Esa noche mi casa de la Plaza Fontes empezó a ser mi casa, pero no era todavía una casa entera. La del telero, que había desembarcado unos días antes, sí. La del telero sí. Allí la telera, no lo olvidará, tocó en un pegote en la pared y una pera que colgaba del techo, una pera, se iluminó. ¡Anda, estos quinqueses no necesitan mistos!, dije yo, y, entre sonrisas que no entendía, aquella noche, con sólo media vuelta a aquella llave, en Corvera se hizo la luz. Y nació también para mí, que empecé a llamarme Antoñico, nació para mí, digo, el otro telero, el de ahora, el de Tejidos Costa, mi primo Antonio Costa, Antoñín.
Porque hubo una Corvera de Antoñico y Antoñín. De verdad que si no fuera porque mi amigo Kike me dijo hace unos días que no se me ocurriría el topicazo de hablar de mi infancia en el pregón de las fiestas, haría el pregón a esa Corvera, la más vivida, la más vívida, la más sufrida, la más gozada. La más Corvera de todas las Corveras imposibles. Esa a la que ya no más podremos volver. Porque allí empezaba y acababa el mundo, un mundo que cabía entre el pico del Culebra, el Cuartel de la Guardia Civil y la Iglesia. Un mundo que cabía, más tarde, entre la carretera de Fuente Álamo y la de la Murta y la de Murcia, y la de los Martínez (pero esa ya me la sabía yo, de cuando vivía en las Casas del Gallo), que vendrían luego, esas carreteras, como la promesa de un mañana de momento reservado a los mayores. Como caminos, caminos no, carreteras, a lo que un día habríamos de ser.
Aquella Corvera era un lío, un lío. Porque no era una, sino tres: Corvera, las Casas Baratas y el Porvenir. ¿Pero cómo podía ser Corvera el todo y la parte? Cuando Antoñín y yo, como otros tantos críos, empezábamos a escaparnos a jugar a la pelota (eso de fútbol vendría después), había toda una liga local con aquellos tres equipos, y a Corvera le costaba mucho ganar, aunque, bien mirado, después de rodillas desolladas, peleas, pelotas de trapo rellenas con papel y porterías de piedra a piedra, por las que el balón salía alto según a quién perteneciera, el campeonato nunca salía del pueblo. Ahora las Casas Baratas no son ya baratas, estoy seguro, y toda Corvera parece haberse venido al Porvenir, como si el Porvenir fuera el futuro prometido. Aquí, donde estamos ahora, allí enfrente, Antoñico y Antoñín vieron la inauguración del primer campo de fútbol del pueblo, con un partido entre los mayores y los menos mayores, aunque para nosotros todos lo eran, y aquí detrás estaban terminándose las Casas Nuevas, que van teniendo sus años ya. Otra Corvera, decía yo, habrá que meterla también en la liga, aunque esos zagales de Murcia, que entonces venían por cientos, como a ocupar nuestros sembrados, seguro que nos ganan, seguro que juegan bien. Pero no fue para tanto, a veces les pegamos verdaderas palizas, y muchos de aquellos murcianos que invadieron las Casas Nuevas se quedaron a vivir aquí y ahora son ya corvereños viejos, como de pura cepa, corvereños.
Entonces los domingos eran todavía domingos, de ropa limpia, misa y mercado. Cuando mi padre me daba suelta del taller y mi primo había vendido los últimos retales de tergal, nos íbamos a los puestos a ver los indios, que dejaban en mantillas a los del quiosco del tío Persianas, más y más baratos, y montábamos nuestro fuerte imaginario. Luego, con más edad, empezábamos a mirarle el culo a las zagalas y a tomarnos algo en el bar de Salvador o el de Julián, o, lo que era lo más, dos cañas con olivas en el bar de Las Palmeras, que eran caras, nos decía Joaquín cada vez que queríamos repetir, y que siempre pagaba Antoñín, que era para mí como un manantial en carrera, siempre de andar rápido, que por cada paso suyo yo tenía que dar, como mínimo, tres saltos. Seguro que aún hoy, de pantalón a pantalón, no tarda más de una décima de segundo. Como si lo viera. Como si lo viera, escondido todavía yo, desde aquel fuerte. Desde aquel fuerte imaginario.
Las palmeras, no el bar, las palmeras que le dieron el nombre y que, como tantas otras cosas, ya no son y ya no están, fueron las primeras velas de mi infancia y aquella barca de obra, junto a los columpios, el primer navío que conocí, navegando, cada tarde, por un pueblo sin mar. En el poyete de la barca de las palmeras nos sentábamos medio ahogados tras las carreras del pillao o del marro, o del escondite, el juego más juego de las noches de verano, del que me queda una cicatriz en el codo y un "tonto ya" que le endosé, como el mayor insulto, a otro de los críos de nuestras correntillas, que no viene al caso nombrar ahora. Antes hubiera pensado entonces que habría mar en Corvera, barca ya teníamos, que aeropuerto. Y a lo mejor no me equivocaba. Que nunca vi yo más aviones aquí que aquellos de papel que casi siempre caían en picao, dios nos libre, ante mi mirada triste. Pero aquellos aviones no eran profecía de nada, que barcos de papel también hacía, y no había de qué asustarse.
En aquella Corvera estábamos deseando que se acabará el coger almendra y empezara la feria en Murcia y empezara la escuela o, más tarde el instituto, y enseguida las fiestas. Las fiestas eran entonces los bailes (no sabíamos de verbenas) y las carrozas. Y sus cintas y cucañas y otras brevas. Pero vamos, fiestas fiestas, lo que se dice fiestas, los bailes y las carrozas. Aquello no era un desfile, era una persecución. El pueblo plantao de pie, de punta a punta, y una montonera de críos haciendo el cortejo, al trote desbocado tras los burros y los tractores. Las tardes de las carrozas es de lo más parecido que tengo a algo que pueda llamar un recuerdo feliz.
No puedo decir lo mismo de los bailes, que a bien pocos entré. Allí, en la puerta, Pepe el Celestino, el tío de mi amigo Reyes, el de Anita la Peluquera, todavía no sabía que su sobrino sería luego como carne de mi carne y que mucha gente, por esas Murcias, nos iba a tomar por hermanos, el de las fotos y el de las poesías, y no me dejaba colarme a uno. Como un cancerbero, vigilante entre cohete y cohete, nos espantaba como a las moscas, y mi primo y yo, y muchos más que tampoco tenían la peseta, o el duro, que luego subió, nos teníamos que dar las chapas y volver sigilosos, con cara de no haber roto plato, para decir, anda Pepe, déjanos. Alguna vez pude sentir, desde mi cogote, su sonrisa. El nos había visto, pero como un regalo generoso, nos hacía creer que nos habíamos colao. ¡Nos habíamos colao! ¡Por fin!.
Hoy todo eso no es necesario, que lo que no es ya casi posible es salirse de aquí. Gratis total. Quién lo hubiera pillado. Pero hicieron el colegio nuevo, el de ahora, justo cuando yo terminaba la escuela. La escuela que yo viví no era la escuela, era "las escuelas", porque era como un puzzle que había que componer, con un aula en cada punta del pueblo, en la consulta del médico de ahora, en el piso del tío Paco Pipas, casi en cada casa. Y en El Palmar al que nos llevaba el Torres en el autobús de Fuente Álamo (madre mía, cuánta guerra le pudimos dar), vinieron también a inaugurar el instituto nuevo cuando nos fuimos Reyes y yo, y ahora aquí, las fiestas, las paellas, las verbenas con sus dj's y su Arévalo, ahora que tengo perras pa pagarlo, gratis total. No hay justicia. De haberlo sabido, muchos de nosotros no hubiésemos querido crecer, habríamos dejado de querer ser mayores. Yo, desde luego, me habría negado a crecer.
De la escuela al instituto nos llegó también la democracia. Y los salones de Corvera se llenaron de mítines repletos de gente, en tres alturas, y de carteles y de promesas enteras y de medias mentiras, y viceversa. Parecía que cada palabra fuera importante. Y así pasamos del pedáneo al presidente (o presidenta, que los tiempos mira que han cambiado, quien nos lo iba a decir) de la Junta Vecinal. Y de los mayordomos a la Comisión de Fiestas, que parece más. Y de un puñao de zagales a las peñas. Del puñao a las peñas, y al Chupinazo. Lo que son las palabras. Para mí, durante muchos años, un chupinazo, lo que se dice un chupinazo, fue lo que arreaba Pedro el de la Venta, con sus albarcas, a la pelota. Pero estaba equivocado, aquello era un pepinazo. Un pepinazo sin adidas y sin nikes, un chupinazo era esto de las fiestas. Ya tiene que ser fuerte pa empatar con los de Pedro.
En el instituto me cayeron, como una lluvia de esas que Corvera nunca puede imaginar, las palabras. Algunas de ellas en letras raras, en griego, en un griego que mi amigo Ángel, Ángel Palacios, se empeñó en que se me metiera entre oreja y oreja. Y tanto apretó que estos años he sido yo el que he repretao a su Alejandro con la misma soga. Pa que te enteres, Ángel. No haber sido mi amigo, no haberme amparao.
Ángel es otra de las Corveras posibles. Y, por supuesto, diría mi padre, otra de mis Corveras, otra a la que dedicarle el pregón. Durante varios años Corvera ha sido para mí mi madre Madalena, mis hermanos y mi amigo Ángel. Corvera, seguro que a todos os ha pasado, ha sido lo que han sido mis afectos, la gente que he querido. Hoy Madalena no está. Los demás afectos, afortunadamente, recuperados muchos como tras un desierto, y creciendo, siguen vivos.
Ángel Palacios y Aurora se vinieron a Corvera a vivir cuando yo dejé el instituto. Y siguieron aquí cuando yo estaba en la Universidad, y siguen. Ahí están, para que yo les dé el follón cuando paso de vuelta de Fuente Álamo, y les quite chorizo y vino. Todo el chorizo y casi todo el vino. Ángel había pasado, cuando niño, muchos veranos en Corvera, en el Cuartel, que luego sería mi casa, en la Plaza Fontes, cosas del azar, y había sido amigo de Perico el de Eustosio y de Paco el Josene y de tantos más de su quinta, como se decía entonces. Y ahora, como tantos que han venido a vivir de fuera, es más corvereño que yo, y sus hijos, como los hijos de tanto corvereño adoptivo, también. Qué voy a hacerle. Ahora que Corvera ya no es tres, Corvera, las Casas Baratas y el Porvenir, ahora que ya ha llegado a Corvera el Porvenir, bajo forma, casi, del taller de José Luís, y Corvera es una, si me descuido me quedo fuera.
Pero no importa. Porque otra de las Corveras es la Corvera desde fuera. Lo puede decir Manolo el de Manolo el Barbero, o Serrano, o Reyes o Juan Fernando. O tantos otros. Para cada uno su Corvera. Para unos de visita en vacaciones, a ver los familiares, de escapada de fin de semana para otros, de mercado y comida de domingo, en fin...; de paso diario, por la carretera de abajo, para mí. La carretera de abajo ha cambiado mucho. Ahora tiene semáforos y resaltos, como para que no pasemos de largo, para invitarnos a parar un rato, a saludar a los conocidos, y se llama de Fuente Álamo, Carretera de Fuente Álamo, y allí voy yo, para encontrarme, para reencontrarme, durante los 11 años que trabajo en su instituto, con Corvera desde fuera, con Corvera de oídas. Me sé las fiestas de cada año porque el autobús que recoge a los alumnos llega casi vacío y quedan restos de pintura en los rostros de las crías y la clase, como coincidan en ella muchos de aquí, es un bostezo. A veces, yo, como soy del pueblo, también acabo bostezando. Saben mis alumnos que se me llena la boca con Corvera y que a veces tan llena la tenía que me he visto a pique de pasar un mal trago y suspender a alguno, por muy enchufao corvereño que se pusiera. Y eso que ser de Corvera y suspender no es posible.
Cuando mis años de instituto, un profesor de El Palmar, el Bombín, vino un domingo de mercao a Corvera, a ver que pasaba aquí para que los de Corvera fueran los mejores. Yo estaba con mi padre, en el taller, trabajando, y José Asensio el de Constanza ayudando a su padre con la cosa de los cristales, y Miguel Ángel Escobar en su tienda de telas y Manolico en la suya y suma y sigue, mientras el maestro Eustosio y Pepe, el profe, echaban la partida al dominó. Luego yo también las echaría. Aquella Corvera de domingo trabajado era nuestra selectividad, pensó, y que saltar el puerto no podía ser para hacer el ganso. Aunque como siempre hay tiempo para todo, algunos lo hacíamos. No sé dónde está hoy el puerto ni cuál es la selectividad. Quizá haya que encontrarla en el deseo de estos alumnos que se hielan cada mañana esperando el autobús. En su deseo. En su deseo de crecer por dentro y por fuera, por todos lados, de hacerse grandes, seguros. En su deseo de ver cumplidos todos sus deseos. De hacerse tan grandes que ya no quepamos, grandes ellos, en esta plaza. Que este recinto enorme, donde estuvo el campo de fútbol de mi infancia, para mí no existe otro, sea recordado por ellos como una miniatura en su mañana.
No sé ya cuántas Corveras llevo. No sé a cuál he hecho el pregón. Pero hay otras que no quiero que se queden fuera, me tienen que caber. Para una vez que tengo, me tienen que caber. Tiene que caber la plaza con la Cruz de los Caídos, que ha caído ya para hacerse fuente, y el pico del bar de Las Palmeras, donde, durante tres años, esperaba el R6 de Maestre con Carmen y Ascensión, las hijas de Pacano, para ir a la Universidad (nunca he sabido dar a Maestre las gracias por aquello), y la puerta del bar de Julián donde se me morían las horas jugando al dominó, con mis hermanos Pepe y Pedro, que Juan no juega. Me tiene que caber el taller donde arreglaba los zapatos, y por el que vi pasar, y olí, las olí, hasta mis 23 años, todas las Corveras. Y la Vespa del cartero, mi vecino hasta que se cambió de casa, que trazaba cada día el plano del pueblo y al que ahora, como el pueblo va creciendo, le echa mano toda la familia. Y la Corvera juez y parte, que se mete en la vida de todos hasta que algo se mete en su vida, Y la rambla bajando, como un huracán que mete miedo, y la vaca, que unos años se escapa y otros nos lisia o la lisiamos, así que se ha puesto la cosa que ya no vuelve más. Y el partido de fútbol de los sábados en la tele del rincón del bar de Julián, con el Pelucas del Barça, encangrenando a todos los del Madrid, él solo. Y la del Corvera en Regional, con Paco Garnés y mi primo y Paco Baños, hasta que fue el portero, pegando pescozones a los linieres, y Ramón el guardia que tenía que intervenir... Y la Corvera que todavía hoy saca la silla a la puerta de la casa para tomar el fresco, y la más cercana, la de mis sobrinas, la de mi sobrino Antonio, bien distintas. Me han cabido, pero me dejo muchas. Dejo espacio para las vuestras, la de cada uno. Ojalá que por un agujero de una de ellas, como haciendo ganchillo tras la ventana o dando los últimos perpuntes a la lona, mi madre Dolores y Antonio, mi padre, y mi madre Madalena (mis hermanos y María José están aquí) me estuvieran viendo y sintieran que este pregón les está siendo dedicado.
Y vosotros elegid vuestra Corvera, creadla, inventadla. Vienen fiestas, tiempo propicio para ello. Corvera es un sueño o, como dice mi amigo Rafa, un cuento. Corvera es un cuento que empieza hoy. Y las fiestas también. Buenas noches. Muchas gracias. Felices fiestas.
Antonio Lorente Solano
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