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Nota bajo la tapa del pianoa J. Pajarón Como nos queremos, queremos vivir. Como queremos vivir a veces nos preguntamos si no nos queremos (si no me quieres, si no te quiero). Quererse es incompatible con vivir, parece ser. Pero la casa del lago no se vende, en eso al menos estamos de acuerdo, en, a la hora de vivir, porque tenemos que vivir, que la casa del lago no se vende, que no nos separaremos jamás. Sin embargo (el sueño) hoy te has dormido (te has puesto a dormir) sin esperarme, sin preguntarme si me acostaba o no, sin darme un beso, sin decirme que me querías, sin buscarme para tus adentros, sin refugiarte en mí sino en la sábana. Esos son los precios que temo del vivir: el hígado ardiendo, esas desoladoras miradas a ninguna parte o a todas, ese miedo (tu silencio opaco) a todos los miedos, esa suerte de ternura que nos hiere. Pero la casa del lago no se vende. Puedes descolgar de las paredes, mientras tanto, las fotocopias de los cuadros y las fotos y las postales y el buenos días tristeza y el cristo crucificado y el póster de Bogart y los espejos y los cuadros y los desnudos y la madre que los parió a todos y todos los besos. Porque no quiero vender la casa del lago. Porque de aquí no se va a ir nadie, que soy yo, no se va a ir nadie ni ahora ni mañana, por mucho que te pongas a dormir sin darme un beso y sin decirme te quiero, o porque te tapes la cabeza cuando te hablo, o por tu silencio opaco o tus miradas dolidas adonde ya no hay nadie sino tú desde hace tanto, sino yo que aquí estoy porque aquí te espero, porque desde aquí te busco. Me duele. El dolor de no poder buscarte porque ya no dices búscame sino quiero dormir, si te pregunto, porque si no nada, sino tu silencio opaco, tu mirada dolida, tu hígado invasor, los cien mil pretextos del olvido. Me acuesto a tu lado y sudo. No es tu cuerpo caluroso lo que me hace sudar, sino esa distancia inviolable (tu espalda, tu girarte de espaldas) entre tu cuerpo pegado a mí y mi cuerpo pegado a ti. Sudo más aún ahora, aquí, escribiendo, porque sé que te has dado cuenta de que salía de la habitación y no me has seguido, porque llevo media hora aquí y no vienes (antes siempre venías, aun con el mayor dolor o con todo el sueño o con todo el hígado). Bebo y sudo. Sudo. Bebo. Bebo. Bebo. La casa del lago no se vende. Ojalá despiertes y vengas. Ojalá vengas aunque no despiertes, porque no puede ser que estés durmiendo. No puede ser que estés durmiendo tan tranquila mientras estoy aquí. Estarás escondiéndote en el pretexto del sueño para evitar otra guerra, otra pesadilla como la de ayer, otra locura que atraviese tus ojos y los míos, otro desastre. Pero el desastre también es esto. Tener que no vivir para poder vivir en paz. Tener que vivirnos como si no existiésemos para existirnos. Tener que matarnos para no matarnos. Tú te pierdes. Yo me pierdo. Así no puedo vivir. No sin ti. Nadie sin nadie. Pero la casa del lago no se vende. Sudo y bebo. Sudo. Bebo. Bebo. Bebo. Pero no me voy a ir. Nunca me voy a ir. Nadie se puede ir. La casa del lago no se vende. |
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